Comportamientos estúpidos y repugnantes

Ayer visité una guardería con mi hijo, un bebé de menos de tres meses. En cada una de las clases en las que entramos, los niños y niñas de uno y dos años se arremolinaban nerviosos y sonrientes en torno a él para decirle hola y darle un beso.

Recordé a Rousseau y su concepto de que el hombre es bueno por su propia naturaleza, hasta que la sociedad le corrompe.

Cómo será la sociedad en la que vivimos para que esos niños tiernos e inocentes degeneren hasta convertirse en una caterva de adultos, como la que el pasado martes difundió y comentó jocosamente en twitter un vídeo íntimo de contenido sexual presuntamente protagonizado por menores.

Hoy todos miran hacia otro lado, como si no fuera con ellos, pero el hashtag con el que se etiquetó el vídeo (que no repito, por petición expresa de la @policia) llegó a ser Trending Topic nacional, para bochorno patrio.

Quienes colgaron ese vídeo son infinitamente estúpidos e ignorantes. Estúpidos porque piensan que el cobijo de su teclado les concede un anonimato que no es tal e ignorantes porque no advierten que con su miserable comportamiento están cometiendo un grave delito.

Ojalá se lleven un buen susto por ello.

Hay que ser miserable para difundir un acto sexual íntimo sin el consentimiento de los participantes. Ya fue doloroso el caso de Olvido Hormigos, pero se hace más insoportable en el caso de probables menores, que se ven expuestos a un daño irreparable cuando debían gozar de la protección de toda la sociedad.

Decía acertadamente en twitter mi amigo @diegoj_Calvo: “Es preocupante la frivolidad con que se trata en las redes un asunto tan escabroso y que atañe a menores. Urge educación 2.0 en las escuelas”.

Y es cierto.

Es necesaria la formación 2.0 para entender los peligros de dejarse grabar, de difundir, de comentar y de participar en esta clase de peligrosos fenómenos virales, pero lo que de verdad urge es la formación ética indispensable para distinguir el bien del mal.

Éste es un caso de básica integridad moral. Una moral que no se ve atacada porque tres supuestos menores practiquen sexo, sino porque los adultos encuentren en ello una motivación para el chascarrillo, el comentario soez, el escarnio y el chiste de alcantarilla.

Me gusta twitter, pero me da miedo pensar cómo la presunta impunidad del teclado saca la parte más oscura de cada uno de nosotros, la que escondemos tras los muros de nuestras casas, la que disfrazamos entre convenciones sociales.

Que todos los que participaron en ese aquelarre repugnante se lo hagan mirar. Si tienen hijos, que piensen en los protagonistas del vídeo y en sus familias.

Y llegados a este punto ya no me acuerdo de Rousseau, sino de Hobbes y su “homo hominis lupus est”.

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