La autoridad moral de este gobierno

Siempre he sido una persona inusualmente bien pensada, incluso con el paso de los años, cuando el amargor de la vida te va envenenando la inocencia.

Por eso estoy dispuesto a conceder el beneficio de la duda a nuestro presidente y a la cúpula del PP, por encima de la duda razonable, en lo que se refiere a la cloaca suiza que custodiaba su tesorero.

Y defiendo la presunción de inocencia, como pilar inamovible del estado de Derecho, se sea banquero, presidente del gobierno o fontanero jubilado.

Sucede, señor Rajoy, que la presunción de inocencia es un concepto jurídico que se dilucida en los tribunales. Pero usted es político, concretamente el legítimo presidente de esta nuestra nación, porque se ganó la abrumadora confianza de mis conciudadanos.

Y sepa, señor Rajoy, que la confianza es privativa y discrecional, cada uno la administra como bien le parece y cuesta mucho más ganarla que perderla.

Para ejercer la autoridad de una manera legítima –en el fondo, no solo en la forma- es imprescindible además disponer de autoridad moral, una virtud que se basa en la ejemplaridad y la coherencia en la praxis diaria.

La autoridad moral y la confianza se esfuman cuando el pueblo llano siente que los genitales políticos de su gobierno están apresados por un presunto mafioso financiero, que dice disponer de cajas que dinamitarían al partido gobernante, que como única respuesta emprende una huida hacia adelante aferrado a la quimera de la amnesia colectiva que algún día llegará.

Las tragaderas del pueblo rebosan porque la ministra de Sanidad que más recortes viene perpetrando no dimite y nadie la echa, a pesar de que una trama corrupta le financió viajes y fiestas familiares con más confeti de lo que cualquier español razonable vería en siete vidas.

Y esto no lo dicen papeles apócrifos, ni la maledicencia mediática, lo afirma la policía.

Que la ministra arguya como presunta defensa que no se enteraba de quién pagaba sus celebraciones o de dónde sacaba su marido dinero para el Jaguar es, como mínimo, motivo suficiente para que el pueblo pierda la confianza en ella: quien no es capaz de gobernar su casa difícilmente podrá poner orden en uno de los más importantes ministerios del país.

Por no mencionar que la figura de mujer florero que nada sabe de los tejemanejes de su marido, aunque sirvan para financiar los cumpleaños de sus hijos, es una ofensa para la inmensa mayoría de mujeres capaces de este país.

Autoridad moral y un poquito de decencia política es la que le falta al partido del gobierno, autor de la salvaje reforma laboral que ha mandado al paro a tantos y tantos trabajadores, cuando afirma falsariamente que mantiene en nómina a un imputado por corrupción porque es funcionario (?¿) y despedirlo sería atentar contra sus derechos.

Autoridad moral es la que le falta al ministro Montoro, impulsor y garante de la vergonzosa amnistía fiscal a los grandes defraudadores, cuando día tras día va aventando presuntas sospechas de fraude sobre colectivos como los actores, los partidos políticos o los tertulianos.

Si tiene usted indicios, ya está tardando en poner los nombres concretos en manos de la autoridad competente. Pero esparcir malicias contra rivales políticos empleando información privilegiada con fines partidarios es una colosal falta de respeto para la institución que usted representa.

Y no diga que le preocupa el fraude, por favor, que abochorna escucharle.

Acabo.

Que es usted presuntamente inocente, señor Rajoy, no lo cuestiono. Pero no basta con decir “es falsho” y batirse en retirada, negándose puerilmente a pronunciar en público la palabra Bárcenas. Debe usted dar explicaciones amplias y precisas, disipar dudas, poner orden entre sus ministros, sustituir a algunos de ellos y poner fin a la hemorragia de confianza ciudadana.

Si sigue haciendo omisión de estas funciones, nos veremos condenados a atravesar la peor coyuntura histórica  reciente de este país liderados por un gobierno sin autoridad moral para ejercer su autoridad.

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