La vigencia de la lucha de clases

Hace pocos años el concepto lucha de clases me resultaba caduco y trasnochado, propio de épocas pasadas y totalmente alejado de la actual realidad del siglo XXI.

Sin embargo, dos motivos han modificado mi opinión personal al respecto: por un lado, he trabajado un largo e intenso periodo rodeado de sindicalistas y personas de izquierdas, con quienes he compartido experiencias y conocido argumentos diferentes a los que yo siempre había manejado; por otro, la realidad ha concretado una crisis terrible e injusta que amenaza con sepultar en la pobreza a varias generaciones.

La mía no es una lucha de clases acrítica y maniquea, en la que todos los trabajadores son necesariamente buenos por serlo y los empresarios son malvados por su mera condición.

Mi lucha de clases es la que resulta de una premisa actual incontrovertible: es la desunión de la sociedad civil la que desgraciadamente permite que esta crisis siga cobrándose víctimas sin que haya un contrafreno con poder suficiente que pueda detener tanto desatino.

Olvidamos lo mucho que nos une y caemos en la trampa de magnificar lo que nos separa. Los unos contra los otros y viceversa: los trabajadores de la empresa privada contra los funcionarios; los parados contra quienes tienen empleo; españoles contra catalanes; políticos contra sí mismos; todos contra los sindicatos. Nadie contra la crisis.

En el contexto actual, lucha de clases significa que hay una inmensa mayoría que comparte la necesidad de defender sus derechos frente a una minoría muy poderosa, con tentáculos económicos, políticos, mediáticos, dispuesta a devorar sociedades sin cargo de conciencia.

Frente al individualismo imperante, se trata de comprender que los problemas del resto son los míos. Que mi solidaridad con los otros me devolverá su solidaridad el día que yo la necesite.

Si yo me manifiesto con ellos, es probable que ellos compartan unidos la pancarta que desgraciadamente un día me veré obligado a portar para defender mi empleo, el colegio de mis hijos, las pensiones de mis mayores: el mundo en el que creo.

Quienes renieguen de la conveniencia de esta unión, quizás prefieran una sociedad civil fragmentada incapaz de contrapesar al poderoso. Una sociedad civil en la que cada cual hace la guerra por su cuenta y mira para otro lado porque el chapapote de la miseria generada por la crisis aún no le mancha los pies.

Es, como bien explicaba Concha Caballero en su impactante artículo “No hay derecho”, acostumbrarse a convivir con el horror en nuestra realidad cotidiana, agradeciendo en voz baja que lo peor no nos haya tocado a nosotros.

Frente a este egoísmo vital, la única receta válida es el desarrollo de un pensamiento crítico que impulse la conciencia de clase, un sentimiento generoso de pertenencia a un colectivo que comparte condiciones sociales y cuyos problemas han de ser el problema de cada uno de sus componentes.

En estos días se han cumplido dos años de la muerte del líder sindical Marcelino Camacho, ejemplo de reivindicación y lucha obrera. Os dejo para acabar este post un pasodoble en su memoria de la comparsa Los Currelantes, con hermosa introducción de guitarra, que explica cómo la desunión nos está llevando a la derrota.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.