La muerte de una tecla

Un acontecimiento aparentemente fortuito me tiene extrañamente turbado.

Una mañana de fin de semana, al sentarme a trabajar en el ordenador, observé que se había desprendido una tecla del portátil en el que habitualmente escribo.

Esto me permitió un primer hallazgo: observar por dentro las entrañas del mecanismo con el que doy a luz mis textos. Dos minúsculos enganches en la parte trasera de la tecla, que intenté repetidamente ensamblar con la base del teclado fijada al portátil.

Como era de esperar teniendo en cuenta mi escasa habilidad manual, no conseguí recomponer la tecla, que tuve que dejar apoyada cerca de su hueco ahora vacío para recordar el símbolo que desde ahora nacería de aquella herida de mi ordenador.

Fue entonces cuando percibí que de todos los símbolos existentes había ido a perder la intrascendente comilla simple y la significativa interrogación final.

En un momento en el que la incertidumbre inunda cualquier visión de futuro y hay más dudas que certezas, la imposibilidad de cerrar con normalidad cualquier pregunta que escribo ha sembrado en mí un desconcertante desasosiego.

Ahora para abrochar cualquier cuestión la yema de mi dedo ha de apretar el mecanismo que debía quedar oculto por la tecla, una especie de cono de goma de tacto desconcertante.

No me acostumbro a la diferencia; cada pregunta se clava muy dentro de mí, lo que la hace especial frente a la rutina vulgar con que despacho al resto de caracteres ordinarios.

Ahora fantaseo con que este mal se extienda como una lepra por mi portátil. Visualizo la imagen de un teclado moteado de cicatrices y junto a ellas, a modo de lápidas, las teclas clavadas que indican la letra o símbolo que ha de brotar de ese mecanismo malherido.

Quizás así, fundiendo mis dedos con la máquina, logre desembarazar mi escritura de artificios y consiga parir textos descarnados que conviertan las palabras en una mera prolongación de mi yo físico.

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