Lágrimas por los despidos

Hoy pensaba escribir del fin del mundo, pero la realidad ha llamado a mi puerta.

Por tercera vez en lo que va de año, varios compañeros han sido despedidos en la empresa en que trabajo. Otra ceremonia de la confusión, una nueva lista fatídica de nombres que se va rellenando conforme los damnificados abandonan el despacho que franquea el temido umbral del desempleo.

Luego llegan los abrazos y las lágrimas. El alivio culpable de los que se quedan frente al vacío inconsolable de quienes se van.

La misma tarde de autos he tenido la ocurrencia, probablemente desafortunada, de bromear con otros compañeros y reír un poco para conseguir que el aire se hiciera menos denso a nuestro alrededor y el ambiente dejara de oprimirnos a la altura del nudo de la corbata.

Alguna mirada reprobatoria me ha despertado un ligero cargo de conciencia, que he despejado a golpe de razonamiento.

Un despido no es un fenómeno natural impredecible, contra el que no cabe oposición. Ni siquiera es una enfermedad que escoge en macabra aleatoriedad una víctima. Es sencillamente la penúltima consecuencia de una serie de causas concretas y específicas.

Cabe llorar y lamentarse por el despido injusto de un compañero, pero también cabe luchar con una mayor determinación para evitar tantas lágrimas.

La austeridad que asfixia la economía, la reforma laboral que abarata y simplifica el despido, las huelgas generales que pasaron por el andén de la desidia social sin recoger suficientes pasajeros, los comités de empresa que nunca existieron, los sindicatos de los que renegamos sin entender que eran de los nuestros…

Como dice Sabina, nos sobra los motivos.

Lamento profundamente el despido de mis compañer@s y la situación de más de cinco millones de cuidadanos que aspiran a un empleo para dignificarse como personas. A ellos no les debo lágrimas ni lamentos, les debo una posición firme contra todas y cada una de las causas que les abocaron a este drama.

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