Se va Jesús Navas, uno de los nuestros

La marcha de Jesús Navas es una puñalada en el corazón del sevillismo, que se desangra en una hemorragia de melancolía.

En su despedida siento que con Navas la afición del Sevilla ha sido especialmente cicatera. Nos hemos comportado como se comporta uno con el amante fiel que piensa que nunca faltará a la cita del calor de nuestras sábanas.

Creímos demasiado tiempo que la grácil mariposa nunca tendría fuerza para volar lejos y quizás por eso le racaneamos los tequieros con los que colmamos a otros.

Ahora que se ha marchado, nos hiere la certeza de saber que somos nosotros los que de verdad le necesitamos, porque ha dejado tras de sí un gélido vacío que no sabemos cómo llenar.

Mentiríamos si dijéramos que no soñamos que con él todo sería diferente, que nunca sentiríamos el despecho del adiós. Pero llegó la hora y no hay para él reproches. Ha sido, es y será el duendecillo mágico del cuento más hermoso que jamás conocimos varias generaciones de sevillistas.

Se va Jesús Navas y pienso que no hay mejor decisión para el año venidero que quitar el escudo de las camisetas. Acaso no quede ningún corazón que sepa latir al ritmo que palpitan las gradas de Nervión.

Se va Jesús Navas y en esa nostalgia invasiva que nos invade sólo cabe un consuelo: por fin expira la despedida de la gloria, que se inició cuando un zarpazo traicionero profanó nuestro santuario para cobrarse la vida de Antonio Puerta.

De izquierda a derecha se han ido marchando un puñado de amigos, demasiados adioses para no entender que en el fútbol, como en la vida, la felicidad es particularmente fugaz.

Puede que en términos financieros la operación sea positiva. Pero de poco vale el dinero cuando uno siente que le arrebatan lo que es suyo. El precio de Navas lo puede fijar el mercado o los petrodólares de algún jeque caprichoso, pero su valor sólo lo conocemos los sevillistas.

El problema del Sevilla ahora no es acertar comprando buenos jugadores. Es encontrar la manera de que los niños que corretean en el parque con la camiseta rojiblanca dándole patadas a un balón recuperen la ilusión por emular un nuevo ídolo.

Nuestro problema es que cuando miremos al césped sentiremos la orfandad de saber que ninguno estuvo allí, que no hallarán manera de comprender lo que vivimos aquel jueves de feria.

Se va Jesús Navas, uno de los nuestros. Un futbolista colosal, generoso en su esfuerzo, prestidigitador en el regate, un duende que regaló un zurrón de goles para que otros se llevaran los oropeles de la fama. Pero se va, sobre todo, un buen chaval de Los Palacios, deportista ejemplar, que nos hizo sentir orgullo de sus valores sevillistas.

Se acabó. Sólo nos quedan los recuerdos, que nada ni nadie nos podrá arrebatar. Y nos queda el Sevilla, que siempre vivimos más en la derrota que en la victoria.

Y a Daniel, que ahora cumple cinco meses, le contaré hasta cansarme que su padre vio jugar a Alves y a Navas en la banda derecha del Pizjuán.

out site out site Jesús, good luck.

PD: No me quito de la cabeza la imagen de esa familia que para mantener su nivel de vida comienza empeñando los pendientes de la abuela; después, vende la mejor vajilla y la cubertería de plata; más tarde, un golpe de suerte les permite colocar por una fortuna un viejo reloj del padre; y así siguen vendiendo todo, hasta que se deshacen de su última y más preciada joya.

Y en ese momento, reflejada su pobreza en el vacío del cajón, comprenden que ya no saben cómo seguir viviendo.

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