¿Y tú me lo preguntas? El abismo fiscal eres tú

“¿Qué es el abismo fiscal?, dices mientras clavas
en mi pupila tu pupila azul.

¡Qué es el abismo fiscal! ¿Y tú me lo preguntas?
El abismo fiscal eres tú”.

Quedan tres días y no hay acuerdo para el abismo fiscal. Demócratas y republicanos siguen reunidos buscando un acuerdo a falta de 48 horas. Estados Unidos se acerca al abismo y el mundo entero contiene la respiración mientras ve su economía despeñarse por un nuevo precipicio…

Muchos españoles probablemente no saben qué es el abismo fiscal, pero ansiaban que Barack lo arreglara a tiempo, como así ha sucedido. No hace falta ser un experto económico para entender que tras el abismo viene la caída, el sufrimiento y un incierto final que es preferible evitar.

Sea lo que sea, si se llama abismo fiscal, no lo queremos.

Oiga, pero es que de forma simplificada el abismo fiscal es una subida de impuestos a las clases medias y una reducción del gasto público. ¿Le suena?

Ah, a eso en España lo llamamos austeridad.

La austeridad no da tanto miedo. Es un tecnicismo relacionado con la virtud de no derrochar, de no dilapidar en tiempos de dificultades. Se corresponde con una máxima aparentemente lógica: gastar lo menos posible y nunca más de lo que se tiene.

Simplificadamente, la austeridad y el abismo fiscal son lo mismo, pero una se vende como la esperanza de los europeos, mientras el otro se dibuja como un terrible peligro amenazante, que puede destruir la economía americana y mundial.

La consecuencia de estas construcciones teóricas es que la austeridad campa a sus anchas por Europa, mientras que el abismo fiscal ha sido evitado en Estados Unidos.

En esta crisis, la batalla ideológica la da el lenguaje, que es el que configura la realidad y trasmite percepciones a la ciudadanía, que no domina masivamente el trasfondo económico. Nuestro actual gobierno –como ya empezó a hacer el anterior- ha comprendido la importancia de imponer sus ideas a través de la deformación del lenguaje.

La subida de impuestos fue un “recargo de la solidaridad”. Abaratar el despido es “flexibilizar el mercado de trabajo”. Los recortes son en realidad “reformas”. Congelar los salarios es “mejorar la competitividad”. Un rescate es una “línea de crédito favorable”, mientras que la amnistía fiscal a los defraudadores es un “incentivo a la tributación de rentas no declaradas”…

Y así hasta el infinito, llegando al esperpento de denominar a la recesión “crecimiento negativo”.

De los creadores de la austeridad es la única solución para nuestra economía, estas navidades ha llegado a nuestras pantallas la peli de miedo el abismo fiscal se acerca. Quizás el público debería cuestionarse por qué lo que es bueno para unos resulta tan malo para otros.

De momento, el FMI ha venido a reconocer a través de su economista jefe el error de recetar recortes, ya que no previeron acertadamente que “la austeridad acabaría con el crecimiento”. Al parecer, calcularon que cada dólar recortado supondría 0,5 de merma para su economía, cuando en realidad han comprobado que dicho impacto se sitúa en el 1,5%.

Un punto diferencial que alguien no multiplicó correctamente es el culpable de haber sepultado el bienestar de la sociedad de medio continente. Haciendo honor a uno de los más abyectos eufemismos, estaríamos hablando simplemente de “daños colaterales”.

Pero aún hay jinetes que cabalgan a lomos de la austeridad. La defienden recomendándonos cómo debemos comportarnos para contribuir a su victoria: “Mientras esperamos un hipotético éxito, los asalariados y los beneficiarios de los servicios públicos deben apretarse el cinturón, no deben protestar mucho y deben mostrarse pacientes”.

Ojalá cuando despertemos de la pesadilla de la austeridad no lamentemos no haber visto a tiempo la profundidad del abismo.

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